Mi historia con la Numerología

El primer encuentro

Hace dieciocho años, un día cualquiera, sin siquiera esperarlo, Sonia cambió mi vida.

Fueron aquellos tiempos difíciles, aún joven, experimentaba la ruptura del matrimonio, con un hijo pequeño y dificultades laborales de un país en una gran crisis económica.

Sonia con mucho cariño ofreció hacer mi estudio numerológico y yo acepté entusiasmada pero aún un poco escéptica.

El término numerología se me antojaba superficial, pero confiaba en esta amiga inteligente y profunda.

Era verano, recuerdo llegar a su casa y encontrar allí una atmósfera fresca y armónica. En una habitación iluminada y silenciosa, con libros y cuadros de bellos colores, Sonia comenzó a mostrarme el mapa de mi numerología.

Cada número era un símbolo que se desplegaba ante mis ojos, una resonancia que golpeaba mi corazón que aceptaba, rendido, ante la aparentemente increíble coincidencia de verdades visibles y secretas.

Todo estaba allí tan claro, tan yo y al mismo tiempo tan esa que podía ser, yo sabía que podía ser, (que estaba llamada a ser), esos potenciales.

Cuando llegamos al final del recorrido numérico, yo ya sabía que quería estudiar ese método y que lo que había descubierto ese día, me acompañaría para siempre.

Los primeros estudios

Llegó el otoño, y ese mismo año comencé a estudiar con el maestro de Sonia.

La vida me tenía reservado ese Dharma, Carlos no sólo me enseñó numerología, también fue quien me dio a conocer el Reiki como terapia energética  y gracias a quien tuve la experiencia espiritual más extraña de mi vida.

Aquel fue un año pleno de experiencias que mi alma ávida reclamaba hacía mucho, al mismo tiempo, la materialidad se iba desbaratando, la incertidumbre económica era cada vez mayor y parecía, que había una relación igual y contraria entre el crecimiento espiritual y la seguridad material.

Cada clase, eran escalones al conocimiento de los símbolos numéricos, luego comenzamos a explorar las numerologías de los asistentes, juntos descubríamos el universo del 0 al 9 y más allá.

Llegó el momento de estudiar la numerología temporal, la suma de mis números temporales dictaba un tiempo de restricciones, mi año estaba marcado por un número kármico, que a su vez impulsaba el contacto con la espiritualidad. Mi desesperación crecía. No había forma de saltearse el malpasar, de hecho al poco tiempo, la empresa en la que trabajaba me pasó al seguro de paro, debí abandonar el apartamento que alquilaba, el retorno obligado a la casa paterna, la venta obligada también de muchas de mis cosas para completar el dinero necesario, fueron algunas de las tantas restricciones que se acumularon ese año.

Mientras, las prácticas de estudios numerológicos se habían multiplicado, obviamente comenzaron con la familia, siguieron con los compañeros de trabajo  y luego los amigos de los compañeros de trabajo y así llené pronto dos cuadernos de estudios de práctica. Luego perdí la cuenta de cuántos cuadernos había completado y la práctica se convirtió en experiencia.

Fue en ese tiempo que viví por primera vez la experiencia de una terapia energética como el Reiki. Estaba experimentado algo increíble, mi mente racional hacía colisión con la experiencia, mientras mi Chakra cardíaco se convertía en una presencia perfectamente sensible, cuando las manos de mi terapeuta pasaban a más de 20 cm de mi cuerpo físico. ¿Cómo podía ser eso?

¿Cómo podía el terapeuta trasmitirme esa energía? ¿Cómo podía sentirla yo y dónde estaba esa parte de mí que sentía físicamente y al mismo tiempo no era mi cuerpo? Tuve las explicaciones teóricas, pero una vez más yo necesitaba aprender más, quería poder yo misma la energía a otros, saber exactamente como era eso. Pero no había dinero. Hoy en día, iniciarse en Reiki es algo muy accesible, hace 20 años no lo era y en todo caso, mi situación económica era tan mala que volvía caminando de la escuela de mi hijo para no pagar el boleto del bus. Era impensable conseguir el dinero para la iniciación.

Viviendo la numerología temporal

Sin embargo no abandonaba la idea. Fue Carlos el que me dijo un día: Si quieres iniciarte en Reiki, pídeselo a tus guías, ellos encontraran la manera.

Ante mi incredulidad y pedido de explicaciones posterior, él me explicó el método: debes buscar un lugar tranquilo, cierras los ojos y extiendes los brazos como rodeando un telón invisible que te separa del ¨otro lado¨. En calma entonces les pides a tus guías que se acerquen, entonces sentirás un leve cosquilleo en los brazos. Con claridad les explicas que es lo que necesitas, das las gracias y lo dejas en sus manos.

Aun mi racionalidad tironeaba del intento, cuando esa misma noche hice el experimento. Para mi sorpresa todo el vello de los brazos se erizó a los pocos minutos, sentí una leve electricidad, y una extraña emoción de no sabía bien qué.

No recuerdo cuantas veces repetí esa experiencia, lo que sí recuerdo es la tarde en que mi madre se me acercó con un papel en la mano: En la radio estaba hablando una maestra de Reiki y sortearon un curso, yo salí sorteada, es para ti, aquí está el número de su teléfono.

Fue un momento perfecto. Todo era posible. Estaba comprendiendo en un impacto muy profundo el significado  de mi número temporal.

A través del tiempo y sus peripecias, comprendí que los números son entidades vivientes, que lejos de determinar capacidades y delimitar fronteras, manifiestan potenciales que se contienen unos a otros y se combinan en una danza sin límites. La apertura de esta visión, es lo que hace el camino sin fin, en el que vuelvo, una y otra vez a comenzar 1… 2…3…

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